Después de varios días sin escribir por
motivos logísticos y básicamente de enfoque mental. Digamos que direcciones de
energía. Cuando uno está en una cosa, o en dos, la tercera puede quedar
aparcada bajo la acogedora manta del que uno anda almacenando argumentos para
ponerlos en negro sobre blanco. Licencias de escritor.
En realidad. Cuando te enfrentas al folio en blanco siento
algo parecido que cuando por motivos profesionales pasé de devorar todo tipo de
prensa a diario a pasar dos años sin consumirla. Un poco lo de Unamuno y Fray
Luis de León cuando regresaron a su cátedra universitario después del destierro
administrativo. “Decíamos ayer”, o algo más básico “por donde íbamos”. Pues
exactamente donde lo habíamos dejado.
Los mantras alcanzan esa cualidad porque
para asentarlos es necesario el tiempo que todo consolida. Los últimos
gobiernos españoles han colaborado en asegurar que la estabilidad del sistema
depende de asegurar el status quo de la banca española. Me da igual el color.
En las últimas décadas los problemas de las diversas entidades han tenido el
respaldo de “papá, y de paso mamá” estado para tapar el agujero que fuera con
el dinero del pueblo.
Sin entrar a valorar que hace el dinero
público tapando los abusos, desfalcos o simplemente errores de un negocio
privado, que a estas alturas está suficientemente trillado.
Tampoco anuncio ninguna estrofa que
encarne el anticristo capitalista y que condene a las entidades bancarias al
infierno de su ocaso. En cualquier caso, no puedo reprimir el apunte que países
de todo el mundo no han dudado en dejar marchar por el sumidero del Mercado las
entidades bancarias que así lo han merecido. Islandia, EEUU, Holanda,… Y nadie
cuestionó el sistema.
Llevamos décadas a vueltas con esto.
España define un modelo de Estado a medio camino entre unos y otros. Cuando
interesa asume las reglas del capitalismo más crudo, pero mientras el Estado no
deja de manejar, coordinar, aunar, subvencionar, respaldar y rescatar con un
nivel de intervencionismo que deja el sistema en un punto a medio camino de
casi todo.
Hablando en plata, la crisis del sector
privado demanda el dinero del Estado, después pintan bastos, y el dinero que
dejó a un interés mínimo lo pide con interés multiplicado por 7. La pinza es
mayúscula. Esos seis puntos que se lleva el lobby de turno que se lo cobre a
los estudiantes que se quedaron sin beca, el hospital que nunca abrieron, el
enfermo que nunca recibió la atención que merecía,…
Luego el listo de turno, con su master en
empresas sale con el otro mantra de la productividad. Incluso sin rubor de
ningún tipo asegura que comenzamos a ser más productivos. Como diría el
clásico, nos ha jodido mayo con las
flores. Si el trabajo que antes hacían veinte ahora lo hacen 15, no sólo
demuestra que alguien está ahorrando un tercio costes. Sino que los otros dos
tercios trabajan un tercio más de lo que antes hacía. Si además de todo eso,
los 15 estajanovistas van renovando
su contrato mensualmente, y se les ocurre romperse un brazo, o agarrarse un
resfriado medio consistente de dos o tres días fuera de combate, lo mismo
alguien se acoge a la reforma laboral que todo iba a curar para poner al
resfriado de patitas en la calle.
Regresando al mantra anterior. El que
repite que la estabilidad bancaria vertebra nuestra sociedad. Sin entrar a
matizar más cuestiones. Voy más allá. Aceptándolo como concepto indivisible.
Partiendo de ahí. La sociedad, o el pueblo
como cada uno guste. A mí me gustan los dos. Necesita un mensaje
complementario. O, a estas alturas, alguno más.
Es decir, la sensibilidad hacia la banca privada no puede olvidar a la
gente. La benevolencia con los disparatados números de unos no se concilia con
la exigencia de una ley hipotecaria, que va más allá de situar al afectado en
el kilómetro cero de nuevo. La cosa es más grave. El implicado se sitúa en la
posición de menos un piso. Es decir, sin casa y nula posibilidad de conseguir
otra. Cualquier quimera de volver a ser propietario en el futuro está laminada
por un paso atrás que en realidad son dos o tres.
Para más inri una representación policial
y judicial que subraya el castigo de lo público. En un país que lleva en el adn
ese patio de corrala que vive lo ajeno y lo propio en un nivel similar, el
castigo crece.
Después de meses donde es raro ver un
informativo con la noticia de algún deshaucio. El horror del drama personal, el
gélido sentido de lo habitual, esa estúpida sensación de que como cada cual se
ve fuera de peligro tiende a pensar que algún imbécil se ha metido en algún
problema por su mala cabeza. Nos olvidamos que la vida no establece caminos
inmutables, y lo que hoy es estable e indestructible, mañana puede ser pura
ilusión quebradiza.
España en plena crisis de “plataformosis”,
comienza a ver el éxtasis de protesta bajo el prisma de que el volumen de
tangana es inversamente proporcional a lo conseguido. El ruido y las nueces.
La situación es igual de desastrosa ahora
que hace dos meses, pero este país tiene un poder de reacción ante la tragedia
que afecta a todas las orbes.
Hace ocho años pudimos experimentar, como
en dos días el pueblo dio la vuelta a una elección sencilla de Mariano Rajoy
como sucesor de Aznar. El horror de Atocha lanzó a las calles el grito de lo
que todo el mundo conocía soto voce.
Bush, Irak, Aznar, terrorismo, Eta,… Todo se mezcló para apuntalar la
convicción de la clase política vende en los medios de comunicación lo que les
apetece para reforzar el estado de opinión que estaban buscando. Todo suena un
tanto conspirador, el merito es de Chomsky no mío.
En petit comité, con amigos, y ante las
manifestaciones de los últimos meses llevamos comentando que mientras las
algaradas no alcancen el grado de crónica negra, no es previsible un cambio de
actitud por parte de los gobernantes. Este país funciona de esa manera, basta
con que una corrida de toros no responda a las expectativas previstas para que
el malestar desemboque en barricadas y la semana trágica de Barcelona. Bueno, lo
que luego se llamó Revolución francesa brotó a raíz de una subida del precio
del pan. Es decir, la chispa nace desde lo cotidiano del día a día, para que
unos años después un libro de historia contextualice el incendio entero.
En definitiva, ha tenido que aparecer la
figura el mártir en la persona de Amaia Egaña. Para que en el transcurso de la
intervención del desahucio de su casa decidiera suicidarse, y que el drama
privado de cada día alcance el grado de público.
La clase política que se mostraba impasible
ante tal evento se une para tomar medidas. Suspender los desahucios pendientes
y anunciar medidas. Las medidas son tan pobres como posiblemente ineficientes.
Estamos ya acostumbrados a que se implementen leyes que presupuestariamente no
son asistidas y se queda en agua de borrajas. Porque por ejemplo, si este mismo
gobierno creo la figura del desahucio express para los morosos de alquileres y
así potenciar el sector. Luego no hay jueces para cumplir los plazos
estipulados por ley. Es decir, un canto el viento. El quiero y no puedo. O lo mismo la
cosa qued simplemente en el no puedo y no sé si quiero.
Las
medidas anti-desahucio nacen desde el oportunismo de la tragedia. Un parche. La
abusiva ley hipotecaria no se toca. Se habilitan alquileres sociales para los desahuciados.
Y esas casas de donde salen, pues del famoso “Banco malo”. Es decir, las casas
que el estado asume de los propios bancos para aliviarlos por considerarlos
fondos tóxicos.
Nada
de revisar los desahucios ya ejecutados, el que perdió su casa, además la sigue
debiendo por los siglos de los siglos. Lo más relevante puede que sea la
moratoria de dos años para familias por debajo del umbral de ingresos de 19.200
euros, unos 1600 euros al mes. Pero vamos que aquí nadie se libra de pagarla o
perderla. Pero vamos que ni se toca la tasación, los intereses de demora, la posibilidad
de la dación en pago,…
Vamos
que apesta a lo de siempre. Placebo para el pueblo.