viernes, 23 de noviembre de 2012

Mantras de hoy en día o placebo para el pueblo


Después de varios días sin escribir por motivos logísticos y básicamente de enfoque mental. Digamos que direcciones de energía. Cuando uno está en una cosa, o en dos, la tercera puede quedar aparcada bajo la acogedora manta del que uno anda almacenando argumentos para ponerlos en negro sobre blanco. Licencias de escritor.
En realidad.  Cuando te enfrentas al folio en blanco siento algo parecido que cuando por motivos profesionales pasé de devorar todo tipo de prensa a diario a pasar dos años sin consumirla. Un poco lo de Unamuno y Fray Luis de León cuando regresaron a su cátedra universitario después del destierro administrativo. “Decíamos ayer”, o algo más básico “por donde íbamos”. Pues exactamente donde lo habíamos dejado.
Los mantras alcanzan esa cualidad porque para asentarlos es necesario el tiempo que todo consolida. Los últimos gobiernos españoles han colaborado en asegurar que la estabilidad del sistema depende de asegurar el status quo de la banca española. Me da igual el color. En las últimas décadas los problemas de las diversas entidades han tenido el respaldo de “papá, y de paso mamá” estado para tapar el agujero que fuera con el dinero del pueblo.
Sin entrar a valorar que hace el dinero público tapando los abusos, desfalcos o simplemente errores de un negocio privado, que a estas alturas está suficientemente trillado.
Tampoco anuncio ninguna estrofa que encarne el anticristo capitalista y que condene a las entidades bancarias al infierno de su ocaso. En cualquier caso, no puedo reprimir el apunte que países de todo el mundo no han dudado en dejar marchar por el sumidero del Mercado las entidades bancarias que así lo han merecido. Islandia, EEUU, Holanda,… Y nadie cuestionó el sistema.
Llevamos décadas a vueltas con esto. España define un modelo de Estado a medio camino entre unos y otros. Cuando interesa asume las reglas del capitalismo más crudo, pero mientras el Estado no deja de manejar, coordinar, aunar, subvencionar, respaldar y rescatar con un nivel de intervencionismo que deja el sistema en un punto a medio camino de casi todo.
Hablando en plata, la crisis del sector privado demanda el dinero del Estado, después pintan bastos, y el dinero que dejó a un interés mínimo lo pide con interés multiplicado por 7. La pinza es mayúscula. Esos seis puntos que se lleva el lobby de turno que se lo cobre a los estudiantes que se quedaron sin beca, el hospital que nunca abrieron, el enfermo que nunca recibió la atención que merecía,…
Luego el listo de turno, con su master en empresas sale con el otro mantra de la productividad. Incluso sin rubor de ningún tipo asegura que comenzamos a ser más productivos. Como diría el clásico, nos ha jodido mayo con las flores. Si el trabajo que antes hacían veinte ahora lo hacen 15, no sólo demuestra que alguien está ahorrando un tercio costes. Sino que los otros dos tercios trabajan un tercio más de lo que antes hacía. Si además de todo eso, los 15 estajanovistas van renovando su contrato mensualmente, y se les ocurre romperse un brazo, o agarrarse un resfriado medio consistente de dos o tres días fuera de combate, lo mismo alguien se acoge a la reforma laboral que todo iba a curar para poner al resfriado de patitas en la calle.
Regresando al mantra anterior. El que repite que la estabilidad bancaria vertebra nuestra sociedad. Sin entrar a matizar más cuestiones. Voy más allá. Aceptándolo como concepto indivisible.
Partiendo de ahí. La sociedad, o el pueblo como cada uno guste. A mí me gustan los dos. Necesita un mensaje complementario. O, a estas alturas, alguno más.  Es decir, la sensibilidad hacia la banca privada no puede olvidar a la gente. La benevolencia con los disparatados números de unos no se concilia con la exigencia de una ley hipotecaria, que va más allá de situar al afectado en el kilómetro cero de nuevo. La cosa es más grave. El implicado se sitúa en la posición de menos un piso. Es decir, sin casa y nula posibilidad de conseguir otra. Cualquier quimera de volver a ser propietario en el futuro está laminada por un paso atrás que en realidad son dos o tres.
Para más inri una representación policial y judicial que subraya el castigo de lo público. En un país que lleva en el adn ese patio de corrala que vive lo ajeno y lo propio en un nivel similar, el castigo crece.
Después de meses donde es raro ver un informativo con la noticia de algún deshaucio. El horror del drama personal, el gélido sentido de lo habitual, esa estúpida sensación de que como cada cual se ve fuera de peligro tiende a pensar que algún imbécil se ha metido en algún problema por su mala cabeza. Nos olvidamos que la vida no establece caminos inmutables, y lo que hoy es estable e indestructible, mañana puede ser pura ilusión quebradiza.
España en plena crisis de “plataformosis”, comienza a ver el éxtasis de protesta bajo el prisma de que el volumen de tangana es inversamente proporcional a lo conseguido. El ruido y las nueces.
La situación es igual de desastrosa ahora que hace dos meses, pero este país tiene un poder de reacción ante la tragedia que afecta a todas las orbes.
Hace ocho años pudimos experimentar, como en dos días el pueblo dio la vuelta a una elección sencilla de Mariano Rajoy como sucesor de Aznar. El horror de Atocha lanzó a las calles el grito de lo que todo el mundo conocía soto voce. Bush, Irak, Aznar, terrorismo, Eta,… Todo se mezcló para apuntalar la convicción de la clase política vende en los medios de comunicación lo que les apetece para reforzar el estado de opinión que estaban buscando. Todo suena un tanto conspirador, el merito es de Chomsky no mío.
En petit comité, con amigos, y ante las manifestaciones de los últimos meses llevamos comentando que mientras las algaradas no alcancen el grado de crónica negra, no es previsible un cambio de actitud por parte de los gobernantes. Este país funciona de esa manera, basta con que una corrida de toros no responda a las expectativas previstas para que el malestar desemboque en barricadas y la semana trágica de Barcelona. Bueno, lo que luego se llamó Revolución francesa brotó a raíz de una subida del precio del pan. Es decir, la chispa nace desde lo cotidiano del día a día, para que unos años después un libro de historia contextualice el incendio entero.
En definitiva, ha tenido que aparecer la figura el mártir en la persona de  Amaia Egaña. Para que  en el transcurso de la intervención del desahucio de su casa decidiera suicidarse, y que el drama privado de cada día alcance el grado de público.
La clase política que se mostraba impasible ante tal evento se une para tomar medidas. Suspender los desahucios pendientes y anunciar medidas. Las medidas son tan pobres como posiblemente ineficientes. Estamos ya acostumbrados a que se implementen leyes que presupuestariamente no son asistidas y se queda en agua de borrajas. Porque por ejemplo, si este mismo gobierno creo la figura del desahucio express para los morosos de alquileres y así potenciar el sector. Luego no hay jueces para cumplir los plazos estipulados por ley. Es decir, un canto el viento. El quiero y no puedo. O lo mismo la cosa qued simplemente en el no puedo y no sé si quiero.
Las medidas anti-desahucio nacen desde el oportunismo de la tragedia. Un parche. La abusiva ley hipotecaria no se toca. Se habilitan alquileres sociales para los desahuciados. Y esas casas de donde salen, pues del famoso “Banco malo”. Es decir, las casas que el estado asume de los propios bancos para aliviarlos por considerarlos fondos tóxicos.  
Nada de revisar los desahucios ya ejecutados, el que perdió su casa, además la sigue debiendo por los siglos de los siglos. Lo más relevante puede que sea la moratoria de dos años para familias por debajo del umbral de ingresos de 19.200 euros, unos 1600 euros al mes. Pero vamos que aquí nadie se libra de pagarla o perderla. Pero vamos que ni se toca la tasación, los intereses de demora, la posibilidad de la dación en pago,…
Vamos que apesta a lo de siempre. Placebo para el pueblo. 


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