Quién pudiera reír como llora Chavela. Les suena. Y no es una frase hecha. Como todo en la vida, es decir la risa y el llanto hay que saber hacerlo bien. Hay lágrimas que no estremecen, que no provocan sentimiento alguno, se asiste al lloro como un espectáculo ajeno, donde no hay ni el más mínimo motivo ni siquiera para entristecerte. Con la risa exactamente lo mismo. Las hay intensas, que contagian, abiertas, felices, partícipes,…y por otro lado las ajenas e incomprendidas.
En ambos casos su mal o buen uso puede arrojar el efecto inverso. Las risas que provocan lágrimas, los lloros que provocan carcajadas. Eso sí no confundir con tristeza o alegría que por ahí se puede llorar y reír incluso simultáneamente.
El sentimiento se apoya en la capacidad para transmitirlo. Y la habilidad de cantarte una experiencia monstruosa, con el amor de fondo, el desamor al frente, y el abandono hasta de uno mismo.
Una de esas situaciones que muchos se guardan pará sí, que no contarían en la vida, que escuchan en silencio, con las lágrimas contenidas, o sin contener, depende como te coja, y que las soportas porque las disfrutas. No porque todas tengan el sobrevalorado “final feliz”. Sino porque te hace humano, y piensas que eso que siente alguien, es exactamente lo que sientes en carne propia.
Unos lo cantan desde el talento y la valentía de hacerlo. Y otros se alimentan para reforzarse en todos los sentidos.
Símbolo mexicano nació en Costa Rica. Como todos los símbolos el origen siempre es lo de menos. Decir a estas alturas del S.XXI el vanguardismo de una mujer absolutamente adelantada a su tiempo da hasta un poco de pudor. Por tópico y por manido. Pero desde luego que una mujer de nacionalidad mexicana, que vestía como un hombre, que fumaba, que bebía y que llevaba pistola no era el prototipo de mujer de mediados de S.XX. Y no digo sólo en la colorista y la ecléctica México
Su cuerpo y su alma vivió intensamente. Recuerdo entrevistas suyas a mediados de los 90 donde mezclaba borracheras monstruosas con armas de fuego, y velorios alegres y alcohólicos Un anecdotario vital al borde del abismo. Justo en el centro de la plenitud. Lo que se dice beberse la vida. Sin un sólo hielo. Por supuesto.
Esas entrevistas llegaron al hilo de su resurrección de los 90. Se apoyó en el cine y los cineastas para asomar de nuevo su gabán rojo. El rastro comienza por Pedro Almodóvar que “pensó en ella” a través de Luz Casal, para mantener el concubinato en colaboraciones en Kika, La flor de mi secreto, Carne trémula… Un idilio con España que independientemente de grandes premios musicales y culturales que se sucedieron en su etapa final, Chavela obtuvo la Gran Cruz de Isabel la Católica. Así pasó a su excelencia como ser humano, sumó la reverencial Excelentísima.
Todo un modelo de autenticidad y coherencia. En los tiempos que corren no una cuestión menor. En honor a ella, sería muy tentador terminar estas líneas con aquello de que “ojala que te vaya bonito…”, que seguro que le irá. Y no voy a decir que mejor que durante su vida en la tierra, porque si esta historia va de vivir, nadie podrá decir que no lo hizo. La intensidad de sus cantados desengaños esconden la plenitud arrebatadora. El que siente mucho lo que pierde, es porque era enorme lo que tenía.
En una entrevista le preguntaba con que canción le gustaría despedirse. Y lejos de caer en letras más algodonosas, ella respondió con seguridad que “Las Simples Cosas”.
Uno se despide
insensiblemente de pequeñas cosas
lo mismo que un árbol
que en tiempo de otoño se queda sin hojas
al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas
esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón.
Recuerden. Corazón que duele, corazón que late. Y tampoco me despido, porque no me gusta
Y además, el artista no muere, transciende. El cuerpo deja el espíritu y el recuerdo. Y hasta que alguien beba de él, Chavela seguirá viva.
Grande, hermoso y sincero. Me ha encantado.
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