jueves, 18 de agosto de 2016

El burkini y los valores de Occidente

Durante los últimos días estamos asistiendo a un debate que uno no sabe si calificarlo como de superficial o profundo. De accesorio o necesario. De religioso o laico. De esencial o simplemente prescindible. En el ojo del huracán el burkini.
Haciendo una breve reseña histórica sobre el origen de la prenda en cuestión apuntar que el particular traje de baño nace en Australia en 2003 cuando la diseñadora en cuestión vendió 9.000 unidades en su primer mes de vida. En algún lugar de internet apuntan que a un precio de 100 euros la unidad. Imagino que ahora la industria habrá llegado hasta los mercadillos. Pero esto no lo tengo constatado.
¿En que consiste la prenda en cuestión? Ya se pueden imaginar de donde procede su nombre comercial. Juntamos burka y bikini … Físicamente se trata de un traje de baño largo que deja a la vista cara, pies y manos, aunque un pequeño recorrido para observar los diversos modelos existentes hay variables. Mangas cortas, pantalones como mallas muy similares a los que puedan llevar los surferos, con capucha o sin ella, y toda la variación de colores del esprecto cromático habitual. Desde la oscuridad del negro al puro fosforito.
La impresión general sería en muchos casos como la de los trajes de neopreno utilizados para diversas actividades acuáticas.
La polémica salta cuando varias localidades costeras francesas han prohibido su exhibición en lugares públicas. Especial notoriedad ha tenido el bando el alcalde de Cannes. David Lisnard, que ese es su nombre, cierra su bando con la siguiente conclusión:
“El acceso a las zonas de baño estará prohibido para quienes no lleven un traje de baño correcto, respetuoso con la buena moral y la laicidad, respetuoso con las reglas de higiene y la seguridad. Además, cualquier vestimenta que tenga connotaciones que vayan en contra de estos principios también estará prohibida.”
Además durante el fin de semana saltó la noticia de un altercado público en la isla de Córcega con el burkini como desencadenante. En realidad la refriega nació cuando unos turistas fotografiaron a un grupo de mujeres magrebíes que se bañaban magrebíes de una pequeña cala en la localidad de Sisco.
Por ahí se mezclaron corsos digamos que de pura cepa, que salieron en defensa de los turistas, y la cosa acabó con varios heridos y una manifestación.
El debate está en primera línea de la opinión pública francesa y europea. Políticos, intelectuales, opinadores o simplemente escribidores manejan tesis que van desde el apoyo al rechazo de las medidas.
Sin ir más lejos el propio primer ministro francés Manuel Valls ha manifestado en una entrevista en el diario La Provence que el bañador islámico, que cubre todo el cuerpo y el cabello, “no es compatible con los valores de Francia y de la República” y por ello “entiende” a los regidores de Cannes y otras ciudades costeras que lo han vetado para evitar altercados.
No es necesario mencionar el estado de excepcionalidad que vive Francia desde hace meses.
Sin perder ni un centímetro de esa excepciolidad por mi parte, creo que el problema no puede bajar a la arena del burkini. Lo que se defiende desde el plano de los valores de Occidente es precisamente todo lo contrario. Inflexibles y agresivos para mantener un modo de vida que tantos desastres y siglos nos ha costado alcanzar. La libertad individual como punta de lanza para aquellos que quieran imponer a los demás usos y costumbres. Sociales y religiosas. Con largas barbas, burkas, niqabs, pañuelos, crucifijos, guayabas o estilosas corbatas. A mí personalmente me da lo mismo el aspecto exterior del asunto.
No se trata de cimentar la tesis de los integristas occidentales qye cimentan sus tesis prohibicionistas cobre un exceso de buenismo desde los países desarrollados de Occidente.
El problema es de gran magnitud y me niego a aceptar simplificaciones al respecto. LA complejidad del problema integrista en Europa tiene muchas teclas que manejar. También es cierto que alguna menos que el mismo problema en países de tradición islámica.
Desde los errores de integración en la Europa de la postguerra. Ya no de las primeras generaciones que acudieron a países como Francia, Alemania o por ejemplo Gran Bretaña para levantar la ruina que nosotros mismo nos causamos. El problema son sus hijos o sus nietos.
Al fondo Oriente Medio como detonador de gran parte del asunto. Dentro del tablero de intereses discutido por allí durante décadas podríamos convenir que la intervención de los pasises occidentales es por lo menos discutible. Desde el original reparto del asunto, a la posterior gestión de la lucha de intereses. Destruyendo y alzando dictadorzuelos que te arreglan un problema y te generaban otros dos. Y así ininterrumpidamente.
Tan complejo y matizable que resumirlo en dos párrafos me da hasta vergüenza.
Regresando al Burkini, y leyendo el bando de Monsieur Lisnard. A mí personalmente me agreden algunas consideraciones.
Lo de “un traje de baño correcto, respetuoso con la buena moral”, me suena a consideraciones de otro tiempo. Quizá cuando desde España andábamos dando con el crucifijo en la cabeza a todo lo que no se ajustaba al guion establecido. Subjetivo, y por lo tanto peligroso. Tan aplicable al burkini como a los calcetines blancos para entrar a cenar en un estiloso y carísimo restaurante de mismo Cannes.
Lo de la laicidad como valor enfrentándose al sentido religioso tampoco me fascina. Hasta ahora la laicidad había servido a los pueblos para no dejarse manejar por los regímenes religiosos. O, simplemente para apartar de sus leyes cualquier matiz originado en aquel tiempo donde clero e iglesia pinchaba y cortaba para mantener un status o una ventaja adquirida y prolongada en el tiempo. Se combatía para eso y no para que cada cual en privado o en lugares públicos profese lo que le apetezca.
Desde luego que todo esto es muy matizable. Uno no es que profese nada en especial, me limito a respetar cualquier tipo de credo que no agreda al prójimo en su práctica. Simplemene me asusa el plateamiento de la laicidad como un movimiento religioso en si mismo.
Pasando a las alusiones a la higiene, pues que quieren que les diga. Entre la risa y la indignación. Casi el mismo enfoque que los que prohíben el nudismo.
La alusión a la seguridad es mucho más matizable. Pero vamos si nos preocupamos de un bañador de pieza única en las playas, no me quiero imaginar otro tipo de variables más invernales.
Y por último lo de los respeto a los valores de la república, pues que quieren que les diga. No sé si se refiere a los valores de la libertad, igualdad y fraternidad de la I República francesa, o a V que instaurara De Gaulle en 1958. Imagino que dentro de eso valores, y regresando a Córcega donde surgió el problema este fin de semana y que además tiene el record francés de ataques anti-musulmanes en toda Francia durante los últimos años.
Esos valores imagino que fueron los que impulsaron al general De Gaulle cuando expropió tierras agrícolas a los autóctonos en los años sesenta para entregarlas a los 'pieds noirs' expulsados de Argelia que, a su vez, contrataron mano de obra del Magreb ante la negativa de los corsos a trabajar como peones en sus antiguas propiedades.
Lamentablemente todo más complejo que un simple burkini. Y mucho cuidado que por aquí somos especialistas en solucionar un problema para crearnos dos. O peor, crear un problema donde no existía.
No se sí sería oportuno rescatar la utópica contestación del Mayo del 68 a la V República Francesa con el Prohibido Prohibir. Yo simplemente les invitaría a los que deben hacer, que le den una pensada al asunto. No vaya ser que tratemos de apagar el fuego con gasolina.
Lo mismo habría que concentrarse en defender a las mujeres musulmanas que quieran ponerse un bikini, un triquini, un tradicional bañador de pieza única o simplemente nada, y alguien en su entorno no les deje. Yo pensaba que eso es lo que a Occidente le hace fuerte.
A lo mejor, Occidente ya no es lo que era. Quizá lo que pensaba, ya no

martes, 16 de agosto de 2016

Soledad, pasta, policías y redes sociales

Roma es una ciudad llena de fuentes. Las 7 colinas que la rodean la encajan en el Tevere, y funciona como una olla en verano. Las colinas traen el agua a las fuentes y el impenitente sol del ferragosto el calor que cuece la soledad del que la siente. En este caso, en Roma. Y en concreto en el Appio Latino.
La historia de la que quiero hablar es deliciosa. También, tierna y triste. Solidaria y posiblemente superficial. Igualmente sorprendente. Aunque lamentablemente habitual.
Uno se puede quedar en la viralidad de su exposición al mundo ante el comunicado que la policía romana dio del evento. O puede dedicarle si quiera unos minutos a cavilar sobre historias similares de su entorno. Ya sea pasado, presente o quizá futuro.
El acontecimiento puede resumirse en lo siguiente. Unos vecinos llaman a la policía alarmados por el llanto de unos vecinos. Dos ancianos de 94 y 89 años con 70 años de matrimonio abren la puerta entre lagrimas a su primera visita del verano. Quizá de meses.
Los agentes acuden para comprobar que allí no pasaba nada más, o nada menos, que un ataque de soledad desconsolado. El eco de la televisión funcionaba como perfecto altavoz de un mundo del que ambos se sentían ajenos.
Mientras llegaban los servicios sociales para realizar la revisión médica que recomienda el protocolo, uno de ellos se remanga y se encarga de cocinar su mejor receta de pasta para compartir con las víctimas del suceso. Sin duda la mejor noche de su verano.
El hecho en sí es maravilloso. En esencia, la vida debía de ser algo tan simple como ésto. Ayudar al que lo necesita. Ofrecer lo que haga falta. En este caso, basta con Spaguetti y compañía.
Posiblemente a diario, cada comisaria del mundo tendría una historia que podríamos encajarla dentro de esta categoría. Muy posiblemente, y con la misma periodicidad, también alguna otra actuación donde se eche de menos un mínimo del mismo talante.
En este mundo de redes sociales imagino que el personal le dio un “like” a la entrada del Facebook. Quizá fue conversado por muchos. Posiblemente más sorprendido por el anecdótico plato de pasta, que por otro tipo de circunstancia.
Concienciados virtuales. Sentidos “me gusta”y a consumir la siguiente noticia que diluya la anterior. Y otra, y después otra. Lo que sea menos pensar, conversar y escuchar.
Quien le iba a contar a los gurús del “pan y circo para el pueblo” que el exceso de información podría atrofiar la capacidad de análisis, la pausa para pensar y el criterio propio. El opio del pueblo virtual que calma las conciencias sin mover un sólo dedo.
Por aquí dejo la entrada de Facebook de la policía romana que relata al detalle lo allí acontencido. Los protagonistas del asunto.  Como viene en italiano también un enlace que cuenta la peripecia en castellano. Ahora te toca a ti echarle una pensada para move un dedo para algo más que darle al like. O no.
https://www.facebook.com/questuradiroma/posts/1014697258638294
http://www.elmundo.es/f5/2016/08/10/57aa1f83e2704e42558b45cf.html

lunes, 8 de agosto de 2016

Mi nombre es Lobo




El devenir de las noticias de verano siempre deja espacio para las tribunas de prensa más ilustres de cada país para que la anécdota salte la línea que lleve al debate social.
El tema  se suponía superado. La libertad de cada individuo para nombrar a su hijo como considere más oportuno. En frente la tradición y el juicio ajeno.
La tradición de los calendarios, los santorales y la familia se venían enfrentando en las últimas décadas al esnobismo que cada cual pudiera considerar. Hemos visto como los nombres tradicionalmente más frecuentes en los registros civiles como José o María han ido cediendo ante nombres de procedencia diversa. Desde las Jennifer, a los Jonathan, desde el protagonista de la película de culto de consumo personal, a la composición normalmente múltiple de un nombre tradicional. Ponle por ejemplo un Juan y complétalo con el Winston, Franklyn, Walter, Jefferson, Edwin o Jackson. Basta que el creador de la asociación de ambos nombres esgrima el motivo que considere más adecuado.
Otra categoría serían los de raíz política. De los fideles, a los ivanes. Pasando por los que en España se castellanizaron durante décadas. Es decir, de los enrics, sergis, ainaras o por ejemplo yagos.
Hasta aquí, y con el debido respeto a la opinión que cada uno puede tener sobre el asunto todo muy normal. En definitiva, con alguna que otra incidencia en los registros civiles en los últimos años, que tampoco tuvieron gran eco, la base del asunto se movía poco del punto donde cada cual elegía lo que quisiera registrar.
El debate público ha saltado ante la polémica de que un tribunal negara y luego reconociera la libertad de registrar el nombre de Lobo. Por otra parte, aceptado como apellido. Alguien se puso a pensar por sus padres sobre el peso añadido sobre las espaldas del nuevo ciudadano de llevar ese nombre.
Después de unos días con el asunto en primera línea de las redes sociales parece condenado a su condición de debate efímero. El planteamiento de la libertad enfrentada a la tradición no encontraría ninguna lucha salvo por la perversidad pública de controlar hasta el último extremo lo que sólo debe pertenecer a lo privado.
La libertad de que un padre ponga a su hijo o hija un nombre que aluda a un animal es tan viejo como el mundo. Desde Toro Sentado a Bailando con Lobos. Desde Débora –que viene del hebreo abeja- hasta los  Delfines y Delfinas. Leones, Leoncios y sus femeninos. Raquel –oveja- , Palomas y Úrsula –inspirado en los osos-. El origen celta de Arturo nos vuelve a mostrar el oso, y si regresamos a nombres inspirados en lobos podemos pensar por ejemplo en Adolfo.
¿Debate nuevo? Solución vieja. Libertad. ¡Auuuu!

viernes, 15 de enero de 2016

Revolución zero, y los Reyes Magos

Y llegaron los Reyes Magos. Y las reinas. Y Baltasar sin su habitual cara blanca pintada de negro, eso sí que es tradición. También llegaron trajes que parecían cortinas. Quizá coronas con aires de Burri King. Y barbas no suficientemente tupidas y desarregladas. Se puede ser hípster en carroza y sin ella, pero según y cómo.

Un palco VIP en Madrid sin VIPS. Los VIPS rebajados a la condición del peatonaje, palabro que me saco de la manga por decir simple y llanamente ciudadano raso. En su lugar, infantes en exclusión o en riesgo de ella. La revolución. Qué vergüenza.

Cabalgatas laicas en una guerra en la red y las televisiones. Lo primero ya viene ocurriendo desde que los festejos vienen esponsorizandose desde hace años. Lo segundo es relativamente nuevo.
 El despropósito aumenta cuando la tradicional llegada de los Magos al estadio de Las Gaunas de Logroño en helicóptero se cambia por una aparición en el césped desde el origen del santo suelo. Claro, pitada monumental. Sin aspas no es lo mismo.  Los pequeños los imagino estupefactos. Los grandes prefiero no hacerlo. Qué vergüenza.

Por imaginar ahora veo a los magos exhaustos regresando a casa agotados. Incluso alguno ya habrá llegado a ella. Las noticias del revuelo habían llegado a oriente. Y por allí cuentas que sus majestades no están tristes por el revuelo de este año. A ellos les da igual que la carroza sea de un color o de otro, que se tiren caramelos o coronas anunciando una determinada marca comercial. Ya están acostumbrados a arribar en barcas, camellos, carrozas, aviones o helicópteros. Hace años que la iconografía la alojan en la categoria de lo secundario.

Ya se han acostumbrado a la variedad de músicas y danzas según el lugar y el momento. Les da igual la nieve, la lluvia o el sol.
¿Entonces porque siguen tristes?

Lo que no se acostumbran es a dar a unos muchos y a otros nada. La tristeza está en la falta de cantidad de regalos para algunos, o la ausencia del reparto de lo que hay para todos. Unos mucho y otros nada. ¿Les suena? Revolución zero.