Del latín “Este es el hombre, más bien aquí tenéis
al hombre”. Una de los motivos artísticos más representados en el arte de
occidente y cristiano, ha saltado a la primera línea informativa a partir de la
restauración voluntaria por parte de Cecilia Giménez
Hay mucho “ecce
homo” repartido por el mundo. Tiziano, Durero, Caravaggio, El Bosco y
Murillo entre otros han representado el momento en el que Poncio Pilatos
muestra ante la multitud un hombre magullado para ser sacrificado en la cruz.
Luego la fe, los catecismos y la historia que sitúen a Pilatos, al Ecce Homo,
al pueblo de Israel y al que pasara por allí, donde gustosamente cada cual
prefiera ponerlo.
Parece ser que el Ecce Hommo que se cuestiona fue
pintado por Elías García Martínez durante uno de sus veraneos en la localidad
de Borja al filo del cambio de siglo entre el XIX y el XX. La obra, según reza
junto al fresco fue “fruto de dos horas”, y hay quién apunta que se inspiró en
un Ecce Homo anterior que pintó Guido Reni, y que todo fue tan improvisado que
ni siquiera preparó la pared con la imprimación mínima adecuada para que
aquello pudiera perdurar.
La verdad es la obra de Elías García no había
alcanzado jamás ninguna notoriedad. Sin ánimo de ofender a nadie, parece ser
que la obra pasaba inadvertida para todo el mundo. Únicamente, el notable
deterioro que sufría el fresco, era comunicado verano tras verano por los
familiares del autor. La otra persona que se preocupó y ocupó fue Cecilia, la entrañable jubilada que agarró unos
pinceles y toda su ilusión para repintar los desconchones de una pared húmeda.
El alboroto mediático de la pasada semana puso de
manifiesto varias cuestiones. En primer lugar, qué desocupados deben de andar
por el mundo en general para que diarios, semanarios, prensa, radios y
televisiones de todo el mundo pongan en primera línea de fuego la anécdota en
cuestión. El verano da para estas veleidades informativas y otras pocas más.
Por otro lado, resulta paradójico el tratamiento de
la noticia que se ha realizado por esos mundos del asunto. Supuestamente ellos
son los serios y España es el país que caricaturiza sus obras. Digamos, que en
una especia de metáfora que apunta hacia la manía tan española de tratar su
propio mundo
Algunos titulares se han visto reflejando el Ecce
Homo como de gran obra religiosa española, vamos como si un grafitero hubiera tomado la Capilla
Sixtina y hubiera dejado por ahí iconografía de nuestro tiempo. Nada por
imaginar, echénle usted las trazas japonesas del manga de moda, por ejemplo.
Hace unos años, cuando el Cristo de Dalí moraba en
el Art Gallery de Glasgow fue acuchillado por un perturbado. No se montó tanto
lío ni mucho menos. Lo suturaron, lo llevaron al Museo de Arte Religioso de la
propia ciudad, justo en frente de su abanderada catedral.
Imagino, que también tendría su interés reflejar la
cantidad de pinturas, esculturas y edificios que caminan hacia la ruina porque
no hay una “Cecilia” que le preste el menor caso.
Por otro lado, y lo digo sin ánimo de provocar, la
obra inconclusa de la amorosa jubilada, que con sus pinceles y todo su amor,
trataba de servir a su iglesia del modo que se ha hecho siempre, es decir, por
amor al arte, ha adquirido un valor que jamás tuvo el original.
Algunas voces se alzan para pedir que se quede el Ecce Hommo pop, que actualmente luce
sobre la pared de la iglesia de Borja.
Tras la zozobra inicial, el cachondeo y la
frivolidad parece ser que el equipo profesional que ha tratado la posibilidad
de restaurar el de Elías García, dice que no hay problema alguno para recuperar
el original, y para obtener una impresión del nuevo icono. Me alegro.
El derroche de amor de Cecilia ha conseguido que el
almidonado ayuntamiento se preocupe de restaurar el original, que el pueblo
zaragozano, cercano a Tarazona, se sitúe en el mapa, que la gente sepa lo que
es un Ecce Homo, y crear una obra que
va más allá de los cuadritos que la devota aficionada pintó a lo largo de su
vida.
La cultura pop tiene estas cosas, de la reproducción
de la normalidad, de lo cotidiano, y la caricatura de ambas, se alza una voz
que grita un mensaje. Cecilia transmite que la gente es la que crea su mundo, y
que el único que puede equivocarse es el que hace algo. Lo carroñeros que viven
del error ajeno no suelen volar alto, aunque dominen la media altura. Y que el
arte es imperfecto. El arte surge del exceso.
En este caso de amor.