Y llegaron los
Reyes Magos. Y las reinas. Y Baltasar sin su habitual cara blanca pintada de
negro, eso sí que es tradición. También llegaron trajes que parecían cortinas.
Quizá coronas con aires de Burri King.
Y barbas no suficientemente tupidas y desarregladas. Se puede ser hípster en
carroza y sin ella, pero según y cómo.
Un palco VIP
en Madrid sin VIPS. Los VIPS rebajados a la condición del peatonaje, palabro
que me saco de la manga por decir simple y llanamente ciudadano raso. En su
lugar, infantes en exclusión o en riesgo de ella. La revolución. Qué vergüenza.
Cabalgatas
laicas en una guerra en la red y las televisiones. Lo primero ya viene
ocurriendo desde que los festejos vienen esponsorizandose desde hace años. Lo
segundo es relativamente nuevo.
El despropósito aumenta cuando la tradicional
llegada de los Magos al estadio de Las Gaunas de Logroño en helicóptero se cambia
por una aparición en el césped desde el origen del santo suelo. Claro, pitada
monumental. Sin aspas no es lo mismo.
Los pequeños los imagino estupefactos. Los grandes prefiero no hacerlo. Qué vergüenza.
Por imaginar
ahora veo a los magos exhaustos regresando a casa agotados. Incluso alguno ya
habrá llegado a ella. Las noticias del revuelo habían llegado a oriente. Y por
allí cuentas que sus majestades no están tristes por el revuelo de este año. A
ellos les da igual que la carroza sea de un color o de otro, que se tiren
caramelos o coronas anunciando una determinada marca comercial. Ya están
acostumbrados a arribar en barcas, camellos, carrozas, aviones o helicópteros. Hace
años que la iconografía la alojan en la categoria de lo secundario.
Ya se han
acostumbrado a la variedad de músicas y danzas según el lugar y el momento. Les
da igual la nieve, la lluvia o el sol.
¿Entonces porque siguen tristes?
Lo que no se
acostumbran es a dar a unos muchos y a otros nada. La tristeza está en la falta
de cantidad de regalos para algunos, o la ausencia del reparto de lo que hay
para todos. Unos mucho y otros nada. ¿Les suena? Revolución zero.