El
fallecimiento de Santiago Carrillo pone fin a un testigo directo de la historia
de España en el último siglo. Historia vivida en primera fila, su biografía es
un completo tratado de historia. Una de sus máximas redondas hablaba de la
necesidad de que los españoles deberían conocer su historia, para no repetirla.
Y el S.XX español, sin duda, pasea por la historia con más sombras que luces.
Carrillo nació
en un tiempo donde la democracia era una quimera, la monarquía ejercía una
autoridad caprichosa que defendía el orden establecido. Terratenientes,
burgueses, clérigos, la milicia,… Pocos puntos suspensivos más.
Por entonces,
el mundo obrero apenas balbuceaba en búsqueda de unos derechos tan elementales
como un sufragio universal verdadero, el voto femenino, derecho a huelga…
Además las
peticiones en dirección de un reparto más justo, voceaba la necesidad de un
reparto de bienes que entonces como ahora es la llave de lo que viene siendo la
justicia social. Entonces, también como ahora la frontera entre el hambre y la
opulencia era meridiana, grosera, simplemente inadmisible.
El joven
Carrillo despierta a la política en un mundo claramente injusto. Su padre,
fundidor asturiano, y afiliado al PSOE y UGT trae su familia a Madrid
arrastrado por la política. Carrillo crece en Cuatro Caminos y estudia en el
Grupo Escolar Cervantes. Es seleccionado para cursar el Bachillerato, pero la
falta de ingresos familiares interrumpe su evolución académica.
De ahí, pasa a
trabajar en una imprenta, a las Juventudes Socialista y colaborador del
periódico El Socialista. Su crédito sube como la espuma. El adolescente Carrillo
toma notoriedad y sus virtudes poco a poco le van situando en una posición
notable dentro del sector revolucionario del PSOE de entonces. Es decir, en el
ala de Largo Caballero.
Durante esta
época Carrillo tuvo su gran visión. Un viaje costeado por la Internacional
Socialista le lleva a Moscú. Para ver la obra de los Soviets. Carrillo acude
interesado, y vuelve deslumbrado. En uno de los documentales que he visionado
estos días lo explica desde la sencillez y la contundencia de una frase. Allí, “los pares de huevos eran tres”. Es decir, no estamos hablando de la
multiplicación de los panes y los peces. Pero vamos que entonces en España
comerse tres huevos era de snobs
adinerados. Aparte de eso, la presencia del pueblo en la calle, la revolución,
eran tiempos felices en la Unión Soviética y la quimera idealista hecha carne.
Por supuesto, desde estas líneas no se trata de defender sistema alguno,
simplemente una reflexión. La España roja de entonces miraba con admiración la
opulencia de las soviets. La diferencia entre tener poco o mucho, y no tener
nada.
No era tiempo
para enfrentar al Capitalismo contra el Comunismo. Eso vino después. Entonces la comparación era entre la miseria enfrente del comunismo.
En realidad
parto desde este momento para
simplemente arrojar las conclusiones sobre una de las figuras políticas más
interesantes del S.XX español. La historia de Carrillo es la historia de un
desengaño. Tenía tanta capacidad para abrazar causas como para abandonarlas
desde el desengaño.
Durante la
Guerra Civil española Santiago Carrillo, fue abandonando el socialismo para
abrazar el Stalismo, públicamente rompió relaciones con su padre, Madrid cedió
al asedio, la República fue laminada por la botas de los militares y la
pasividad del mundo. Y, finalmente, abandonó su país para cumplir un exilio de
más de tres décadas.
Además no voy
a analizar, ni mucho menos, lo ocurrido en Paracuellos. Mucho se ha escrito
sobre ello, libros completísimos de documentación de la época, de todas las ideologías,
y todos lo relacionan en una medida u otra.
Incluso algo
comentó el propio implicado, pero la pregunta recurrente llegó un momento que empezaba a
molestarle. Notable fue el día que el afamado periodista Luis del Olmo se lo
volvió a preguntar en directo y D. Santiago le mando directamente al infierno,
literal.
Cruzando
versiones de todos los bandos es razonable pensar que alguna responsabilidad le
tocaba. En cualquier caso, juzgar el pasado con los ojos del presente es harto
peligroso. Da hasta miedo. Una revisión exhaustiva de la historia podría dar
con la mitad de las estatuas de los héroes de nuestro mundo en una planta de
fundición. Lo mismo da más miedo pensar en el reemplazo. Yo en este aspecto,
prefiero recurrir a Ortega y pensar en aquello de que somos los que somos y
nuestra circunstancia. Imagino que con país en guerra, con una ciudad asediada,
con hambre, con muertos a diario, con el horror de las torturas y ejecuciones
de fondo, tratar de juzgar todo aquello desde otro punto de vista que no sea
ataque y defensa, acción y reacción no nos situaría en este mundo.
Carrillo
mutó el socialismo de su padre por el comunismo de Stalin. Dejó a Stalin
cuando conoció la magnitud de sus purgas y los pormenores de algunos procesos.
Y por supuesto, la crítica amarga de los tanques soviéticos en la Primavera de
Praga. Entonces la niña bonita de los Soviets pasó a ser el garbanzo negro. El eurocomunismo,
y la capacidad de arrastrar masas en el exilio europeo le puso a las puertas de
su regreso a España.
Impresionante
el mitin en Montreuil en Francia, corría el año 1971. Entonces, hablaba de la única salida
digna al franquismo era la disolución por parte del Rey del Gobierno, proceso
constituyente, aprobación de un régimen democrático y elecciones libres con el
Partido Comunista incluido en todos los pasos. Simplemente visionario.
Quizá la peor
derrota vino después. El Partido Comunista gritó durante cuarenta años el
regreso de las urnas a España, y se estrelló contra ellas. Su trabajo a la
sombra del franquismo, su respaldo popular auguraba un resultado más generoso.
Per las elecciones del 77, del 79 y del 82 marcó las tres grandes decepciones
que pusieron a Carrillo lejos de la primera línea nacional.
Brillante
orador, ajustado en el análisis, político de esos que ahora se echan de menos,
con errores y con rectificaciones, pero práctico hasta el punto de apartar su
ideología por el bien común. A la historia pasará al famosa rueda de prensa que
borraba el violeta de la bandera nacional para dar el paso justo que diera las
condiciones de la legalización.
Ganador de
batallas, posiblemente perdedor de guerras. Y como el mismo le gustaba definirse cuando un periodista le arengaba a que concluyera una entrevista con una palabra. Rojo.