Durante años, lustros
y alguna que otra década en los medios de comunicación se ha vertido una imagen
de una sociedad conformista, con una ética dudosa y unos principios de quita y
pon. Esa imagen buscaba la figura de al nostalgia, en algunos casos incluso melancólica
de un tiempo pasado donde la sociedad estuvo en primera línea de fuego para
cambiar las cosas. Es decir, para andar sin rodeos, una transición hacia la
democracia que la distancia en el tiempo dejó la traza de un dibujo mucho más
definido de lo que fue. Básicamente porque muchas veces lo que ocurre es por su
propio peso, y corresponde a la perspectiva darle una forma que permita por lo
menos ponerle un nombre al proceso
Esa crítica
hacia una sociedad indolente por supuesto que excluía al que escribía aquello.
Que añoraba lo que se hizo en el pasado por un puro ejercicio de literatura.
Porque en lo referente a la denuncia de la situación de cada minuto de los
últimos 20 años, digamos que nos hemos quedado en la superficialidad.
Hablando en
plata se acusaba a la sociedad de vivir con el latido de la marioneta. Y
hablando de muñecos más o menos siniestros, que deben sus gestualidad, y su
palabra al albur de una tercera persona.
Estamos ante
un tiempo donde la iniciativa de un país, por ejemplo del sur de Europa, lo
deja al aire de la mano que mece la cuna. Al mercado especulador, que mueve los
hilos para jugar con el dinero ficticio de las cotizaciones y el interés de un
crédito para enriquecerse él, a costa de un pueblo que vive ajeno de esos
dineros cuando la coyuntura se pone al alza. Cuando la cosa se pone fea, sí
toca acordarse del mundo real, de la economía de la calle, de los ciudadanos
con nombre y apellidos, con o sin nómina.
Imaginen un
muñeco que tiene barba, y siempre habla leyendo algo. No sé si alguien puede
pensar en algún presidente de gobierno español que puede atender a esa
descripción. Imaginen que el títere en cuestión soñó durante una década en ser
presidente de su país. Durante todo ese tiempo aireó una política para un país que básicamente
estaba concebida para animar una economía que poco a poco fue dando sensaciones
de menor actividad. Una bajada genérica de impuestos y una serie de ayudas para
la contratación que dejaría más dinero en el pueblo llano para que por su
propio movimiento redujera el número de desempleados. De pronto esa población
beneficiada tendría más dinero que volcaría en un mayor consumo. Más consumo que
ampliarían los márgenes de beneficios que finalmente desemboca en un mayor
grado de inversión. Es decir, más trabajo, mas consumo, más beneficio y a la postre
más inversión,… Así de sencillo, e imagino que por lo siglos de los siglos.
Pues bien,
aquí aparece la marioneta en cuestión moviéndose al son de sus socios, de los
mercados especuladores. Después de sus discursos anteriores se esconde detrás
del “no nos queda otra”. Reconoce públicamente que sus principios han saltado
por los aires en beneficio de “lo que nos conviene”. Recorte tras recorte,
durante seis meses realiza un diseño perfecto de la teoría de la manta corta.
Tapo un agujero para que descubrir otro. Una especie de negociación de la pura
realidad que no ilusiona ni a mercados, ni a socios, y mucho peor, que deja al
pueblo representado con esa sensación de desmoralización extrema.
No descubro
nada, hay economistas de todos los colores, con teorías de distinto pelo, pero
con un punto en común con la pura reducción del gasto lo único que se consigue
es gastar menos, pero no se genera nada. Lo que menos, esperanza.
Es decir, la
economía además de una ciencia exacta que cuadra números y manejar diversos
índices para valorar diferentes aspectos también es un estado de ánimo. Si no
se vende un producto malamente se obtendrá beneficio de nada.
Hace falta una
ilusión, una luz en el horizonte, un proyecto que permita renovar la apuesta
por un modelo que está al borde del fracaso absoluto.
Todo un SXX
soñando con la esperanza de Europa para estrellarla en apenas 25 años. Cuarto
de siglo por ejemplo con un sector como la minería estirando su canto del
cisne, pero donde nadie quiso hacer una apuesta sería de desarrollo tecnológico
en esa zona que permita a sus habitantes enfrentarse a la disyuntiva de carbón
o emigración.
El New Deal,
que Franklyn Delano Roosevelt abanderó en EE.UU. en 1931 después de la gran
crisis del 29 combinaba los ajustes con la luz de la esperanza. Tú puedes pedir
al pueblo que se ajuste, sobrados ejemplos ha dado el pueblo español de ello. Pero
si no marcas la salida…
Una
comparación simple pero ilustrativa. Pensando en el libro de autoayuda ¿Quién se
ha llevado mi Queso? Para los que no lo han
leído, básicamente la historia va de varios ratones ven como el lugar
donde siempre han comido queso, cada vez tiene menos. Poco a poco se va
agotando. Unos ratones prefieren esperar a que se agote, y otros salen a buscar
nuevos lugares donde comer queso. El que se queda, un día se levantará y no
quedará nada. El que salga a buscarlo, tiene la probabilidad de encontrar una
nueva fuente. Incluso, mucho más del que había en el lugar donde siempre lo tuvieron.
Lo que si
cuesta pensar es que los especuladores que han consumido la mayor parte del
queso actual, tengan la capacidad para buscar nuevas fuentes. El especulador
por definición carece de la capacidad para crear nada, su virtud está en la
agotar la rentabilidad de lo que ya existe.
Espero, por esperar,
que todo el cabreo del pueblo español acabe en la revolución ética del
desprecio por la cultura del pelotazo, Más allá de que este año, y alguno más,
sus ingresos se vayan a ver disminuidos. Todavía en conversaciones cruzadas
saltamos de la indignación por los hechos de los últimos tiempos, al halago por
alguien que ha vendido un piso en buenas condiciones, un piso que compró hace
un año aprovechando la situación cuasi terminal del que sea, y que ahora lo
vende por X dinero más.
Que la gente
desprecie al que te ofrece una factura sin iva, que no acuda ante unos
sindicatos en connivencia con los diferentes gobernantes a cambio del vil metal.
El día que se conozca el dinero que lo sindicatos españoles han quemado en lo
que ellos llaman cursos de formación a este país le da algo. Desde cursos en
condiciones precarias, hasta cursos fictitcios, pero con factura. Desde concesiones
a centros de formación determinados a cambio de la la vulgar “mordida”, hasta
los mordiscos a la propia factura del profesorado.
De la clase política
ni hablamos. Todos los partidos que han tocado poder a lo largo de estos años
son responsables con mayúsculas. De las cajas de ahorro hasta consulado
autonómicos repartidos por el mundo. No hablamos del fracaso del proyecto como
país. Vamos me refiero a algo más que ver una mirada nocturna del google
earth y ver como la costa española luce con intensidad con su halo de
especulación inmobiliaria.
La solución.
La revolución de las marionetas. Unos para romper los hilos que les dictan cada
actuación y marcar una ilusión, un proyecto más sólido que el pantano en el que
estamos instalados. Y ese proyecto, si
tiene que ser supranacional, es decir, en nuestro caso, parece que de momento a
nivel europeo, que quede claro el frente común. Porque si cae España, después
va Italia, y si los países que ahora se ven fuera de peligro fundamentan su jerarquía
en el consumo de los países que están al borde del ko, que alguien me explique quién diablos se va a comprar un
volkwagen el próximo año. A mi no me da, desde luego.
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