El precedente
de la pitada a los reyes en la final de Valencia hace dos años con los mismos
contendientes en la liza presumía una situación similar. Máxime cuando no
estamos hablando tampoco de una reacción espontánea.
Partamos de
dos pilares fundamentales para poder progresar en la conversación. El nivel
intelectual esgrimido por el aficionado medio a un partido de fútbol en la
grada, y más cuando está entre fermentando y acelerado no debe pasar de la
importante tarea de descomprensión ante un clima social y laboral nada
sencillo. Con mejores climas la cosa no mejora mucho tampoco.
No quiero
decir ni mucho menso que los que les gusta el fútbol son todos bobos, y que sus
despliegues culturales no pasan de juntar dos panes para hacerse un bocadillo
de nocilla. En el futbol, como en el autobús, como en el Museo del Prado hay
gente muy interesante, muy culta, y digamos que menos.
Pero en el
fútbol se escucha al que grita. El que grita se le oye. Entramos dentro de lo
que podíamos llamar el efecto pancarta. Y muchas veces se nos olvida que la
pancarta no es la opinión de ningún grupo. La pancarta es un mensaje individual.
A lo sumo de los tres o cuatro que compartieron confección y porte. El silencio
tiene sus virtudes, pero es más discreto.
No hay más que escuchar las barbaridades que se pueden escuchar en cualquier partido medio intrascendente en mitad octubre entre dos equipos que se juegan poco más que una victoria sin título alguno en juego..
La masa
generaliza. Presumes ante tu círculo, pero no personalizas la queja o el desafío,
porque el receptor mira al conjunto. Hablando en plata, el discutido valor del
alarido individual que brota desde la masa.
El segundo
supuesto del que partimos es que ni el Barça es Cataluña, ni el Athletic
Euskadi, ni Esperanza Aguirre España.
Aceptemos que
el Barça es “mes que un club”. Pero lo es por su labor integradora en una
sociedad acostumbrada a recibir, y muy bien a los inmigrantes que por allí
llevan un siglo cayendo. Ni siquiera todos los catalanes son culés. Al mismo
tiempo el Barcelona es un equipo con implantación universal. Dentro de las
fronteras españolas, europeas y mundiales. De hecho en el último lustro se ha
convertido en modelo a imitar, en ejemplo. Es un equipo que pasará fronteras temporales.
Y que une la victoria con el modo que hacerlo. Se gana y se gana bonito, y con
gente de la casa. Con estilo.
Con el Athletic
pues un poco en el mismo aire. Con menos oro, con menos laurel, pero un equipo
admirado por su eterna filosofía. Digamos que representa a Bilbao, yendo un
poco más allá a Vizcaya, pero el resto de provincias vascas tienen sus equipos
punteros. Saliendo del país vasco, hay multitud de peñas por el territorio
español, equipo referencia. Seguramente uno de los tres equipos españoles que
un aficionado puede identificarse con él, y con el de su ciudad.
Y Esperanza no
es España. Ser español no es llevar una bandera en un reloj, ni tomar
representación de lo que no toca. Primero por cargo, y después por ética. Si
eres presidenta de la Comunidad de Madrid, lo que toca es recibir a las dos aficiones
con la cacareada virtud de una ciudad que es un cruce de Caminos, con aire “sabinesco”,
Yo me bajo en Atocha, para ser más
exacto en principio Pio, antigua Estación del Norte. Que para eso fue allí
donde se concentraron aficiones.
Y después, con
la que está cayendo más les valiera a la clase política en general trabajar en
lo suyo. Hace unos días la revisión del déficit de la Comunidad de Madrid
dejaba un desvió importante entre lo enviado al ministerio de Hacienda y lo real.
La excusa de la provisionalidad sonó un tanto extraña ¿Por eso se debió enviar
a Europa? Para luego revisarlo. ¡Qué espectáculo!
Leía
recientemente en un artículo de Rafael Pérez Rico en la Estrella digital. Por
cierto, lo explica con más brillo que yo resumo. Que tenemos motivos para presumir
de ser españoles. Por ejemplo con aquellos que acuden a lugares de conflicto, a
ayudar a grupos desfavorecidos… Muertos, secuestrados, o simplemente, fueron,
hicieron lo que tocaba, y volvieron. Con que dieran de comer a alguien, con que
curraran a una sola persona, con que impidieran un solo herido, ya mereció la
pena su presencia. Eso es hacer patria.
Verdaderos
motivos para presumir de España, no con las superficialidades habituales. Es decir,
recriminar una previsible pitada no hace más que ponerle un altavoz. Alentarla,
mucha gente que no pensaba hacerlo, lo hizo por puro desagravio
La referencia
de Sarkozy no hizo más que multiplicar la producción de silbatos. Sonó antigua.
Una breve reflexión sobre la levedad del político. Hace dos meses se sentaba en
el mismo trono que Angela Merkel ahogando a sus vecinos del sur. Hoy no existe.
Simplemente como
curiosidad no me negarán que es una paradoja que Sarkozy sea más admirado en
algunos lugares de España que en la propia Francia.
Cierro con un
alegato. Por favor Deporte y Política cada uno por su lado. Los políticos deben
promoverlo, potenciarlo, desde la escuela hasta la competición. La representación
institucional que toque, y en ese momento pueden alimentar su vanidad apareciendo
en la foto junto a un señor que acaba de conocer y que acaba de ganar algo.
La impresión
es que suben y bajan el volumen de los acontecimientos para que enfoquemos o perdamos
de vista ciertas cosas. Burdo. El circo de Nerón, en los tiempos que corren, para algunos si pan.
El que vaya a
pitar algún símbolo que entienda que si entra en ese juego deberá permitir que
desprecien los suyos propios. Y que cada cual debe pedir lo que le apetezca. Entiendo
que hay foros adecuados para ello. La palabra se escucha más clara que el puro
grito. Lo que no corresponde es luego pedir respeto y tolerancia cuando él no lo
ejerce. Ah, sí y coherencia. Sé que es mucho pedir.