La
noche del sábado 12 de mayo, el director
de La Razón defendía en televisión que aunque en el supuesto que fueran 100.000
personas las que se agrupaban en la Puerta del Sol conmemorando la
concentración -germen de otras muchas alrededor del mundo- que tuvo lugar en
Madrid el 15 de mayo de 2011, no era representativa de nada, ni de nadie.
El planteamiento
era bien sencillo. La queja de 100.000 personas debía expresarse en las urnas.
Hace medio año, el resultado de las elecciones dio la victoria al PP, y el
señor Marguenda tomaba posesión de derechos ganados hace años como el sufragio
universal como única cita de la sociedad para hacer escuchar su voz.
Si hablamos
de derechos. Quizá, alguien olvide que posteriormente al derecho a que cada uno
exprese en las urnas su opinión sobre quién y de qué modo debe gobernar,
vinieron otros como el derecho a manifestarse, a opinar, a protestar,…aunque
sea sin razón.
Derechos
tan legítimos como el del voto. Afortunadamente el pueblo puede y debe hablar
algo más que una vez cada cuatro años. Incluso supongo, que es legítimo cambiar
de opinión. Es decir, alguien que votara al PP hace seis meses, puede
considerar unos días después que su voto ha sido mancillado. Máxime cuando el
programa electoral que ayudó a cimentar su triunfo nada tiene que ver con las
decisiones tomadas desde entonces. Aún asoma por las redes sociales alguna
frase del famoso debate de los dos grandes líderes de la patria. Rubalcaba
desgranaba el programa electoral de un Rajoy que parecía tenerlo menos
estudiado que su rival, para concluir con usted sabe que no puede decir todo lo
que va hacer, porque no gana. Le arengaba a que hablara de recortes previstos.
El
calidad del envite no iba mucho más allá de la subida de un IVA, que dicho sea
de paso ya había sido subido por el entonces gobierno gobernante. Mariano “manos-tijeras”
con el lenguaje corporal que tan poco le suele acompañar manoteaba como un
tartamudo gestual para mostrar el único momento tambaleante de un debate que
por falta de altura por parte de los dos integrantes se movía por el subsuelo.
De
fondo el recuerdo de la famosa viñeta de Manuel Summers en la mítica revista
Hermano Lobo. Visualicen. Un político, que podía ser cualquiera de los dos,
subido sobre un estrado dirigiéndose a la masa que bien podría simbolizar el
pueblo. Es decir, nosotros. El bocadillo de viñeta alzaba la voz del político,
“Buenas tardes”. El pueblo contestaba, ¡Mentira!
De
regreso al debate televisivo, ya que allí se hablaban de números y de su
representación, vamos allá con las cuentas. Negar la queja de los miles que allí
se juntaban es de necios, o de sordos. Todos saben que los que protestan es la
punta del iceberg. Aunque sea una queja de grupos tan heterogéneos como los que
allí se juntaban, quizá ese sea el factor diferencial con otros movimientos. Y
de algún modo esa procedencia e interés tan diverso hace que los políticos se
sientan más incómodos. En el aspecto numérico, multiplica el calado
geométricamente.
A ver,
tenemos estudiantes que se apoyan en los recortes en educación, parados en busca
de trabajo, nostálgicos de los tiempos de revuelta, curiosos, juerguistas que
pasaban por allí, los “yayos” que andan sosteniendo el país… Asociados e
individuales, jóvenes y adultos, hombres y mujeres, izquierdas, derechas e
incluso gente que no sabe lo que pide, porque no sabe lo que quiere.
En
cualquier caso, dejando a aparte todas estas consideraciones, cuánta gente tomó
la Bastilla y en nombre de quién tomaron la voz del pueblo francés para dar
guillotina a la monarquía francesa. Cuántos seguidores de Malcolm X o Martin
Luther King tomaron la representación de la población negra norteamericana,
cuantos acabaron con los zares, cuantos protestaron contra Franco, Mayo del 68,
Los Claveles de Portugal,…
Si nos ponemos
en los números puramente, porque el voto de 10 millones de españoles decide el
destino de 40.
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