domingo, 20 de mayo de 2012

De cinturones y yayoflautas

Uno comienza a estar un poco harto de escuchar el mantra de cierto sector de la prensa española repite sin parar, y yo personalmente no sé muy bien a quién se refiere. Se repite de un modo tan hipnótico como poco creíble.
Dicen que se han acabado las vacas gordas, que hay que apretarse el cinturón, que se acabó el despilfarro, dicen que hay que acostumbrarse a vivir de otra manera. 

Pero, ¿a quién se refieren? ¿El mantra tiene fecha de caducidad? ¿En cinco años seguirán pensando de igual manera? O quizá aparecerá el mismo que ahora pregona todo esto pontificando en cualquier terturlia superficial de la televisión del momento, algo así cómo que ya lo decía yo, que la economía se ha vuelto a activar, que lo que hacía falta era inversión, consumo... Y, de nuevo, entraremos en esa fase que ni media mención a los dineros que se muevan más o menos inflados en un sentido o en otro. Me refiero a lo que mueven las administraciones publicas, que para eso juegan con un dinero que no es suyo.

Vamos a ver, vayamos desentramado interrogantes. Los mismos periodistas que aprovechan la coyuntura para acusar al gobernante de turno de estar despegado de la realidad, que si síndrome de la Moncloa, que si hace falta pegarse una vuelta por el Corte Inglés para tomar el pulso de la calle. Ésos, son los mismos que enfatizan el mensaje de que el cuento se ha acabado. Que se acabaron los dispendios.
Miro a mí alrededor, y no veo dispendios ni ahora, ni antes, ni nunca. Pero todos estos de gomina cara, corbatas coloridas y trajes aparentes, ¿para quién hablan? Cada día más claro la diferencia entre opinión pública y publicada. Algunos dan la sensación de estar encantados de haberse conocido y que hablan para escucharse a sí mismos.
Tomemos al “mileurista” medio de la última década y “denunciemos” el dispendio de estar pendiente de un Euribor para ver lo que le queda de ese sueldo. Si en el horizonte se planteaba un gasto extra, llámenle un coche para desplazarse a trabajar, un viaje, una “wii”, muebles para su casa, el niño que va creciendo, … habría que trabajarse unas horas extras o buscarse una segunda fuente de ingresos.

Es decir, el dispendio de una jornada laboral que rondaría las 40 horas semanales, con un jefe soplándote la nuca, y que por añadidura le tienes que “ronear” para que no te ponga en la calle, o te dé las horas extras que pululan en el ambiente. Vamos que te de más trabajo.

Este mismo “mileurista”, ahora ni siquiera guarda ese nombre. Ha surgido el nuevo término de “nimileurista”, el Euribor sigue condicionando, ya no quedan horas extras, complicado conseguir un ingreso añadido. Además los caprichosos artículos como el gas con que el cocina, el combustible que le conduce a trabajar, la luz con que se alumbra, el iva de todo lo que consume... Vamos lo que viene siendo un adicto.
Analizando panoramas pasados y presentes, ¿alguien ve vacas gordas por aquí? Si alguien las vé, lo mismo es que se ha fumado la hierba que esas vacas se deberían haber comido.
Vamos a hablar claro. Lo que se ha terminado, de momento, porque en unos años veremos por donde andamos son los dineros desproporcionados que mueven personaje de profesión políticos.
Se han terminado presupuestos pantagruélicos para jornadas, cursos y convenciones sobre empresa. O, pabellones de turismo que diferentes organismos públicos destinaban ingentes cantidades de dinero para alquilar un auditorio que ya habían presupuestado anteriormente y que encuentran en estos actos la justificación a su cacareada edificación. Vamos que me lo compro con el dinero de los demás, y me lo vendo a mi mismo.

Se ha terminado que organizaciones empresariales que se esconden bajo los epígrafes de consultorías, gestorías o auditorías cobren barbaridades para poner cuatro “powerpoints”, tres videos y llevar a dos amigos para conferenciar sobre obviedades pero como te dan un cocktail, un diploma de asistencia y tres contactos para el futuro ya podrían valer la pena.
Se ha terminado que los ayuntamientos del país programen recalificaciones por doquier para financiarse en todas las direcciones posibles. A quien le compran la finca que era un prado, el que construye la urbanización, las casas que quedan por el camino, y con todo el dinero que sobre para hacer el castillo de fuegos artificiales más grande de la comarca. Traduzcan castillo de fuegos artifíciales por todo ese tipo de inversiones que no viene al caso para la gestión del municipio de turno. Depende del tamaño del pueblo la cosa puede ascender a un museo o auditorio infrautilizado, una plaza de toros para tres festejos anuales, o un parque con el nombre de alguien que durará los años que el próximo megalómano de turno construya allí otra esfinge que le ponga el suyo. Me refiero al nombre, o al ego.

Se han acabado las dietas para ejecutivos, el dinero en b que triplicaba sueldos base, las financiaciones a personas y negocios que no justifican razón alguna que ese dinero vaya a sr devuelto en plazo.
Lo que no se ha terminado todavía es la permanencia de una casta desastrosa y mediocre. Antaño el político ascendía para servir a la sociedad como consecuencia de una carrera profesional brillante. Ahora la política es el medio, no el fin. Los profesionales de este país son teleoperadores, funcionarios, profesores y directamente parados. Los que podrían aportar por conocimiento en lo que llamamos la “cosa” pública andan sorteando su suerte por el privado.
Y con todo este panorama, alguien da una justificación por la cual este país no se cae al suelo de una vez. Sumen, resten, multipliquen y dividan. Uno de cada cuatro españoles en edad de trabajar no lo hace. Los que trabajan cobran menos y pagan más. La economía sumergida, que no cotiza en ningún lado, aguante el tipo de no pocas familias. Los dineros se lavan en apuestas de todo tipo y condición. Alguien podría vigilar porque los adinerados de condición ganan loterías y quinielas cada fin de semana. O mejor no, porque el mensaje oficial viene a ser que mejor que aflore que así se mueve. Ya no sé si el dinero o la vaca.

Y digamos que los “yayoflautas al rescate”. Cómo se valora la cantidad de hipotecas, pufos de visa e imprevistos de diferente pelo que los yayoflautas están abonando para salvar la cara del niño. Más allá de lazos afectivos, todo esto está trayendo algo bueno. La solidadridad en estado primario, más allá de un panfleto, de una pose, de un discurso. La gente se está ayudando de verdad, porque hace falta.
Esto es lo bueno. Lo malo es que todo lo que antes exponía cómo que "se había acabado". Se me olvido matizar una simple cuestión temporal, "de momento". En unos años, cuando vuelva a fluir el dinero, nadie hablará de éstos dispendios. Los dineros volverán a moverse a sus anchas. Las palabras consumo, inversión, consultorías, urbanización, taparán la eterna revisión de un modelo productivo más integro y sostenible y los mileuristas seguirán mirando su Euribor y haciendo horas extras para apuntarse a un crucero barato fuera de temporada.

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